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Mismo terremoto, misma calle: por qué un edificio colapsa y el de al lado queda en pie

Mismo terremoto, misma calle: por qué un edificio colapsa y el de al lado queda en pie

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Para los venezolanos que vivimos lejos, la tarde del 24 de junio se fue en el teléfono: marcando a la familia, esperando mensajes, viendo salir las primeras imágenes de La Guaira. Las vi como cualquier venezolano en el exterior, con un nudo en el estómago. Pero también las vi como las ve un ingeniero estructural. Y no he dejado de escuchar la misma pregunta de amigos, clientes y familia: ¿por qué unos edificios colapsaron y los de al lado quedaron en pie?

No fue suerte, y no fue el destino. En más de una calle de La Guaira, dos edificios levantados la misma década, a pocos metros uno del otro, terminaron el día uno hecho escombros y el otro sin una grieta. Hay una explicación exacta — y los expertos que hoy examinan La Guaira apuntan a tres factores. Lo inquietante es que los tres ya se habían escrito una vez, en otro desastre sobre esta misma costa.

Lo esencial

  • La magnitud no decide quién muere. Lo que importa es lo que hace el suelo debajo de tu edificio — y cerca de La Guaira, la ruptura pegó casi a quemarropa.
  • El suelo blando no amortigua un terremoto: lo amplifica. Buena parte del suelo blando de La Guaira es sedimento que dejó el deslave de Vargas de 1999 — y encima se volvió a construir.
  • Cuando un edificio cae hoy, la causa suele ser humana: cómo se construyó, se inspeccionó y se mantuvo — y si las lecciones aprendidas se recordaron o se guardaron en una gaveta.

Factor 1 — El golpe: no fue el epicentro, fue la ruptura

Cuando ocurre un terremoto, el mundo conoce un número — 7.5 — y asume que mide el peligro. No lo mide. La magnitud mide la energía liberada allá abajo, en la falla. Lo que tu edificio de verdad siente es la intensidad: cuánto tiembla el suelo bajo sus propias fundaciones, y eso cambia de una cuadra a otra.

Por eso los epicentros estuvieron en Yaracuy mientras la peor destrucción cayó unos 200 kilómetros al este, en La Guaira. Los terremotos no son puntos: son rupturas. Esta se rompió a lo largo de la falla de San Sebastián, que corre por el fondo marino justo frente a la costa — y el mayor deslizamiento, hasta 3,6 metros según cálculos del INGV italiano, ocurrió directamente frente a Catia La Mar. “El impacto fue a quemarropa”, lo resumió el ingeniero civil José María de Viana. “La falla no se mueve igual en todas partes”, agrega el sismólogo chileno Sergio Barrientos; donde más se desliza, las ondas llegan más fuertes — sin importar dónde estuvo el epicentro. Y fue un doblete: dos grandes rupturas con 39 segundos de diferencia, magnitud 7,2 y luego 7,5 — algo que Venezuela no veía desde 1812.

Factor 2 — El suelo: el terreno que traiciona, y el fantasma de 1999

Aquí va la regla que casi nadie fuera de la profesión conoce: la roca firme es lo que menos tiembla; el suelo blando, lo que más. Pon una cama sobre una losa de concreto y un portazo casi no la mueve; ponla sobre una cama de agua y el mismo portazo te deja rebotando. El sedimento blando y profundo no absorbe la onda sísmica — la atrapa, la amplifica y la deja sonando. En 1985, un sismo a más de 320 kilómetros derrumbó más de 400 edificios en Ciudad de México, porque la ciudad está sobre el lecho blando de un lago antiguo.

“No todos los suelos son iguales en La Guaira”, dice el geofísico Michael Schmitz. Caraballeda — de las ciudades más golpeadas — está sobre una cuenca de sedimentos medida en unos 400 metros de profundidad. Y aquí viene la parte que debería helar a cualquier venezolano: buena parte de ese suelo blando es el material que el deslave de Vargas de 1999 bajó del Ávila. Esos conos aluviales “actuaron como un filtro que amplificó brutalmente el movimiento del terreno”, dice de Viana. Ruth Quereguán, geóloga que recorrió la costa después, lo dijo sin eufemismos: “Vi tanta o más devastación que en el deslave”. La misma franja de costa, veintisiete años después — dos desastres solapados, el segundo parado sobre los escombros del primero.

El suelo también explica por qué, en la misma cuadra, una torre de 12 pisos se desploma en panqueca mientras la casa de dos pisos de al lado sobrevive. Cada edificio se mece en una “nota” propia que depende sobre todo de su altura — más o menos una décima de segundo por piso. Cuando el suelo tiembla a ese mismo ritmo, cada empujón se suma al anterior, como un niño en un columpio, hasta que a la estructura se le pide más de lo que tiene. Eso es la resonancia, y Caracas lo demostró el 29 de julio de 1967: un modesto 6,6 tumbó cuatro torres de 10 a 12 pisos en Los Palos Grandes y Altamira — construidas sobre más de 300 metros de sedimento blando — mientras casas bajas a pocos metros quedaron intactas. El suelo eligió a sus víctimas por altura. Y la falla que se rompió esa noche fue el mismo sistema San Sebastián que se rompió el 24 de junio.

Factor 3 — La mano: cómo se construyó, y quién miró a otro lado

El suelo entrega el golpe; que el edificio lo sobreviva depende de lo que lleva por dentro. Los colapsos ocurren por unas pocas debilidades que se repiten: el piso blando (una planta baja abierta de estacionamiento y locales sobre columnas esbeltas — un torso fuerte sobre tobillos de cristal); columnas cuyos aros finos de acero, los estribos, faltan o están muy separados, así que el concreto se desconcha y las barras se pandean como pitillos; y la panqueca, un piso cayendo plano sobre el otro, la falla más letal de todas. Una estructura bien construida se dobla, se agrieta y te avisa. Una mal construida simplemente se parte.

La ingeniería sabe cómo evitar esto desde hace décadas — ductilidad, arriostramiento, aislamiento de base. ¿Entonces por qué siguen cayendo edificios? La respuesta más limpia llegó en 2010: el 8,8 de Chile liberó unas 500 veces más energía que el 7,0 de Haití — y sin embargo Chile perdió unas 500 personas y Haití decenas de miles. La diferencia no fue la geología; fue una norma sísmica, aplicada, frente a casi ninguna. Un estudio en Nature (Ambraseys & Bilham, 2011) encontró que el 83% de las muertes por colapso de edificios en terremotos, en tres décadas, ocurrió en países anormalmente corruptos. El enemigo muchas veces no está bajo tierra. Está detrás de un escritorio.

La Guaira encaja en el patrón. Después de 1999, se reconstruyeron viviendas dañadas y se levantaron torres nuevas sobre el sedimento — pero, señala Quereguán, nadie puede confirmar los permisos, los materiales, ni si se hicieron estudios de suelo. ¿Se cumplió la norma sismorresistente que Venezuela adoptó tras 1967? “No lo sabemos”, dice — “ahí es cuando entra la negligencia y la corrupción”. Equipos de rescate extranjeros han descrito materiales “deficientes”: vigas de poliestireno expandido bajo pocos centímetros de concreto, pilares sin un solo hierro adentro.

La lección que se escribió dos veces

Esto es lo que me quita el sueño. Después de 1999, la agencia de cooperación de Japón envió expertos que, junto a investigadores venezolanos, produjeron un informe de prevención para el litoral central — entregado, dicen, directamente en manos del presidente. Nombraba dos hallazgos: no construir en los cauces de los ríos, y adoptar un diseño sismorresistente riguroso para el suelo aluvial de la costa, que amplifica las ondas. “No se hizo nada”, dice el antropólogo Rogelio Altez, que participó en él. “Ese informe fue a dar a una gaveta”. Las viviendas para los damnificados se levantaron después en Caraballeda sobre esos mismos cauces y sedimentos. Varias colapsaron el 24 de junio.

Esa es quizás la verdad más dura: la naturaleza no es injusta — es indiferente. La física de un terremoto no distingue entre ricos y pobres. Pero la forma en que construimos sí, y la forma en que recordamos también. Un terremoto solo revela, de golpe y sin piedad, decisiones que se tomaron años antes, cuando nadie miraba. Aquí en Miami nuestro monstruo es el viento, no los terremotos, como expliqué en mi artículo anterior — pero Surfside nos enseñó la misma regla en 2021: el papel solo te protege si coincide con el concreto. Eso es verdad en Caracas, en La Guaira, en Miami — en todo lugar donde la gente le confía su vida a una estructura.

A todos los que están viviendo las secuelas del 24 de junio — más de 2.950 muertos confirmados al 4 de julio, y decenas de miles de desaparecidos según la ONU — esto está escrito con respeto, y con la convicción de que entender por qué fallan los edificios es la única forma de que estos errores no se repitan. En mi próxima entrega: las formas verificadas de ayudar a Venezuela desde Miami.

Este artículo se apoya en dos excelentes videos en español — la física de CONSTRUCTUM y el reportaje en terreno de BBC Mundo, ambos que vale la pena ver completos — más entrevistas a expertos venezolanos e internacionales. Todos los datos verificados de forma independiente.

Si tienes propiedad en un edificio antiguo y quieres entender su condición estructural, contáctanos — hablemos.


Fuentes: BBC Mundo (Cecilia Barría), “Tres factores…” · CONSTRUCTUM (explicación de física) · Efecto Cocuyo (Rogelio Altez sobre 1999 → 2026 y el informe JICA engavetado) · USGS (Rafael Abreu; energía por magnitud, amplificación de suelos) · Modelado de ruptura del INGV (3,6 m) · De Viana (UCAB), Schmitz (USB/UCV), Quereguán (UCV), Barrientos (U. de Chile) · Terremotos de Caracas 1967, México 1985, Haití y Chile 2010 · Ambraseys & Bilham, “Corruption kills”, Nature 469 (2011) · Surfside 2021